La selva misionera está en retroceso. Entre el humo de los desmontes, el ruido de la aceleración de las topadoras, las armas de los cazadores y los proyectos agropecuarios expansivos y represas hidroeléctricas, se nos está escurriendo de las manos.
El que otrora fuera territorio de yaguaretés, tapires, alecrines, cedros y yacarés, entre tantos otros notables exponentes de una variada y rica flora y fauna autóctona, se ha transformado en sembrados y descampados deslavados por las lluvias ante la falta de cobertura vegetal. La extracción salvaje de maderas, la caza injustificada y los emprendimientos agro productivos que entre otras acciones humanas la están matando. Los espacios naturales del mundo y entre ellos las selvas están bajo una enorme presión por las consecuencias del cambio climático, la expansión de las fronteras agropecuarias y la irresponsable ferocidad con que se los depreda por considerarlos de plena utilidad particular. En este contexto resulta de suma utilidad intentar “comprender” la funcionalidad de tan importante ecosistema y su significativa importancia que excede los límites externos de la selva.
“Refugios Naturales” se introdujo en el corazón de la selva paranaense misionera con la intención de obtener algunas certezas, que probablemente generen más y nuevas preguntas, de la mano de las mujeres y hombres que están en la primera línea de defensa de los ecosistemas.
La selva paranaense
La selva paranaense o bosque atlántico transcurre en una franja de territorio selvático ubicada al Sur de Brasil y en el extremo Norte argentino, con llegada a regiones de Paraguay en América del Sur. Debajo de la espesura el relieve del terreno es serrano de poca altura, alrededor de 900 msnm. y de rojos suelos lateríticos. Su clima es cálido y húmedo con temperatura entre 16 y 22 grados centígrados y precipitaciones durante todo el año aunque algo más abundantes en verano cuyo promedio es de 2.000 milímetros anuales.
La flora está constituida por más de 2.000 especies distribuidas en distintos estratos, entre ellas se destacan más de 250 especies de árboles, enormes cañaverales como el tacuarembó de hasta 30 metros de altura, helechos, arbustos y las epífitas características de la selva como lianas, enredaderas, orquídeas entre otras. Más de 400 especies de mamíferos, 500 de aves, 300 de peces y 560 de mariposas, 32 variedades de anfibios y 29 de reptiles pueblan esta región destacándose grandes especies como el yaguareté, puma, tapir y carpincho junto a animales de menor porte como el oso melero, yurumí, pecarí, aguará guazú, lobito de río y aves como el tucán, la yacutinga y garzas, completan esta biodiversidad. De acuerdo a la definición de la Fundación Vida Silvestre Argentina, el bosque atlántico o selva paranaense es una de las ecorregiones subtropicales más biodiversas del planeta.
Viaje a su interior
El sobrevuelo del avión sobre el verde oscuro del extenso manto vegetal de la selva misionera, destaca de pronto, una gran nube blanca que surge desde la profunda espesura y se alza hacia el cielo señalando el lugar de la mayor caída de agua de las Cataratas del Iguazú; la Garganta del Diablo. En ese gran "mar verde" está inserta la Reserva Natural privada Yacutinga. Situada a orillas del río Iguazú, entre el Parque Nacional Iguazú y el Parque Provincial Urugua – í. Cruzando el río, enfrente, se encuentra el Parque Nacional do Iguazú en Brasil, que completando este conjunto preservado constituye la mayor reserva de la selva paranaense de la región subtropical integrada por Brasil y Argentina. El solitario camino tallado a través de la exuberante y verde selva del Parque Nacional Iguazú, denominado Ruta 101, es como una delgada línea roja que semeja una larga herida abierta y que lo corta de lado a lado.
El baqueano y chofer del vehículo todo terreno, Mario Juan Lepchuk conocido como “Marito”, nos va indicando durante el camino las huellas que dejan tapires y pecaríes aleccionando sobre las particularidades de cada uno. A su lado María Nazaret "Naza" Paret , es la guía asignada por la Reserva Yacutinga para acompañar el descubrimiento de Refugios Naturales de la selva misionera.
Luego de atravesar el Parque Nacional se desemboca en una región de sembradíos de yerba mate, tabaco y pequeñas explotaciones de subsistencia, para luego ingresar en el sendero que nos dejará, luego de algunos kilómetros más, en la entrada de Yacutinga, nuestro destino. La noche lluviosa, dejó lugar a un amanecer claro y despejado ideal para adentrarnos en los senderos de la selva. Se debe destacar que las 570 hectáreas que cubre la Reserva Yacutinga, corresponden en su mayoría a la categoría intangible, por lo que solo puede adentrarse a través de senderos previamente demarcados.
Desde estos senderos y en silencio, es posible introducirse en la verde intensidad donde el acre perfume selvático, los extraños sonidos y rumores, el barro rojo que impregna las botas y los mosquitos e insectos qu son parte de una unidad indisoluble de este último relicto de la gran selva paranaense que anteriormente se extendía por el sur de Brasil, hasta la costa atlántica.
Delante nuestro avanza Kuarahy, guía aborigen de la comunidad Kagui – Porá, que a su conocimiento ancestral de la selva que le rodea ha sumado el entrenamiento profesional proporcionado en Yacutinga lo que le ha permitido desarrollar una especial aptitud de guía de naturaleza. Es él quién detecta en la espesura un robusto pecarí situado a solo unos metros de nuestro paso. En silencio seguimos con la mirada, su mano extendida hasta el lugar donde el animal nos observa semi oculto entre la maleza. Luego de unos instantes sale disparado a través de la selva entre gruñidos y ramas rotas. Pájaros indescriptibles, arañas, mariposas, todo tipo de insectos y plantas, algunas de ellas con propiedades medicinales, aparecen ante la atenta mirada de Kuarahy. Mientras "Naza" con voz queda, nos va señalando la denominación, costumbres y hábitat de cada uno de los descubrimientos.
Transitar en canoas el silencioso curso de agua rojiza del río San Francisco, enmarcado de tupidas riberas de intenso y enmarañado verde que se eleva hasta las altas copas de los árboles estimula la percepción de estar reviviendo el paisaje que aquellos barbados hombres blancos de la conquista, exploraron hace casi cinco siglos. A diferencia de aquellos hombres, que ansiaban riquezas y poder por sobre la sangre y cultura de los pueblos originarios, hoy, unos hombres también blancos como aquellos están aquí pero con la finalidad de aprender y defender cada hoja, cada pájaro, cada gota de agua, guiados por un guaraní como Kuarahy.
Toda esta belleza se está perdiendo
El río Iguazú, “agua grande” en guaraní, desde sus nacientes en las sierras atlánticas del sur de Brasil, va recogiendo en su camino las aguas que aportan las nacientes en la Sierra do Mar y la Serra Da Fortuna en el Estado de Paraná, Brasil, una cuenca que abarca aproximadamente unos 62.000 km2.
Se desplaza aproximadamente unos 1.200 kilómetros en territorio brasileño, un territorio que ha perdido en un 90% la selva original, que hoy, es área de producciones agropecuarias y generación de energía hidroeléctrica. En el último tramo del río, que recorre unos 100 kilómetros ya como límite entre Brasil y Argentina, presenta un quiebre en su lecho haciendo que su caudal se desplome abruptamente decenas de metros.
Este accidente geográfico es conocido mundialmente como las Cataratas del Iguazú. No eran las únicas cataratas en el Río Iguazú, este río se caracterizaba por ser encañonado, meandroso y con sucesivos saltos en su curso. Lamentablemente, estos otros saltos desaparecieron bajo represas hidroeléctricas. Existen cinco embalses en su curso superior y probablemente se agregue una más muy cerca de cataratas. El Iguazú, continua luego del salto de cataratas, algo más de 23 kilómetros hasta su confluencia con el Río Paraná y desde allí atravesando la Mesopotamia argentina llega hasta el mar.
La insospechada importancia de la selva paranaense
Ante este panorama preocupante, se incrementa la importancia de la selva paranaense relictual que aún se conserva. El ciclo natural, que permite el imponente espectáculo de las cataratas, requiere de un flujo importante y constante de agua en proceso de evaporación, acumulación y precipitación que necesita de enormes reservorios que actúen como “esponjas” vegetales y reguladores del caudal hídrico como lo es la selva, además, de un medioambiente y clima adecuados para que este sistema funcione y genere agua en volúmenes necesarios. La selva paranaense actual, representa la última fuente para que las cataratas sigan admirando al mundo. Sin embargo este medioambiente y reservorio natural, hoy tiene una superficie cada vez más reducida y además altamente fragmentada.
La presión sobre estas áreas protegidas es enorme y dramática, los controles escasos a pesar del esfuerzo de guardaparques y personas comprometidas, es insuficiente. El estímulo a quienes preservan es escaso, por lo que es lógico razonar que con cada árbol que cae bajo la sierra, es un día menos de vida para la selva y las famosas cataratas. El elevado grado de deforestación de la alta cuenca del Iguazú, la utilización del recurso hídrico para producir energía e irrigación, y el muy escaso reservorio de selva natural remanente, podrían generar en su conjunto cambios en el clima regional que pudieran afectar la generación del ciclo virtuoso del agua en la cuenca subtropical del Iguazú. Por gentileza de la gente de Yacutinga, hundimos las manos en el rojo barro misionero, para sembrar especies de árboles nativos con la secreta esperanza de detener su destrucción o al menos demorar su desaparición.
Refugios Naturales agradece la labor de la gente de la "Reserva Natural Privada Yacutinga" y en especial a su titular Carlos Sandoval, el habernos permitido ingresar en la región.
Walter Raymond – Refugios Naturales